martes, diciembre 26, 2006

Turbulento pasado

Todos tenemos un pasado. Algunos, incluso, dos; o más: tantos pasados como vidas caben en una vida. Durante mi adolescencia, y antes de entendérselas con Knud Hamsun, Mika Waltari, Leon Uris o, los más novieros, Pablo Neruda, era habitual haber devorado varias novelas de Jose Luis Martín Vigil, esa especie de Corín Tellado jesuítico y de apariencia heterodoxa que tan bien describía a los chicos y chicas ricos y socialmente concienciados, a los caritativos WASP de la España franquista, bautizados con nombres tan exóticos entonces como Coro, Camino, Gonzaga o Borja. Amanecimos con “La vida sale al encuentro”; aprendimos –o eso creíamos, pobres ingenuos– psicología femenina con “Un sexo llamado débil”; inflamamos nuestros solidarios corazones con “Una chabola en Bilbao”. Luego, “Sexta galería” o “Los curas comunistas” representaron nuestro primer desbastado progre. Y, todo ello, durante no más de tres años: los que van de los trece a los dieciséis. Ya lo dice Serrat: Senyora Francis, m'entén...?amb aquests coneixements, què es podia esperar de nosaltres?
Un día, me decidí a escribir al autor de mis desvelos. Ésa, me malicio, era su intención al incluir, al final de sus libros, su dirección postal (Uría, 16. Oviedo y Velázquez, 75. Madrid 6). Me contestó de inmediato: su máquina eléctrica escribía perfectamente sobre un elegante papel Galgo de bastante grosor. Yo, que había compuesto mi carta en una de las ancianas, casi militares Olivetti gris-verdosas de la oficina de mi padre, sentí envidia. En su respuesta, me pedía una fotografía que le envié rápidamente. A los pocos meses, fui a Madrid. Mis padres solían llevarnos a los cuatro hermanos mayores a las rebajas de Enero: allí nos surtían de ropa, generalmente crecedera, y zapatos Gorila (los que incluían una pelotita verde que botaba muy bien). Nos alojábamos en el desaparecido Hotel Sur, en la Gran Vía, casi en la plaza de Callao. La noche de la llegada, más o menos muertos de frío, dábamos lo que mi padre denominaba “un vuelo de reconocimiento” por los escaparates de Galerías Preciados y El Corte Inglés a la búsqueda de las mejores gangas. Una mañana, cumplidos ya los deberes de intendencia que nos habían llevado a la Corte, llegué, previa cita postalmente concertada, a Velázquez, 75. Me recibió un mayordomo con su correspondiente chaleco rayado y me hizo pasar al despacho. Era una habitación amplia, con unas hermosas vistas sobre el barrio de Salamanca, guarnecida por una biblioteca clásica de considerable tamaño. Al fondo, una gran mesa sorprendentemente ordenada dejaba ver, a su derecha, la máquina eléctrica IBM con la que yo había soñado. Un tresillo Chester de magnífico cuero me aguardaba, acogedor, a la izquierda de la entrada. “Siéntese, por favor. Don Jose Luis vendrá enseguida…” Detrás de mí, una marina probablemente inglesa representaba una goleta con escaso aparejo, barloventeando en medio de una fuerza ocho. Al poco, apareció el escritor. Tenía el pelo gris, ligeramente largo, bastante rizado y peinado hacia atrás. Así realzaba aún más una muy visible calvicie frontal. Se sentó junto a mí en el amplio sofá. Hablamos de libros, de mar, de amigos. Llevaba conmigo un ejemplar de “Los tallos verdes” recién comprado. Algo azorado, le pedí que me lo dedicara, cosa que hizo con una formidable MontBlanc provista de tinta negra. Entonces, comenzó a mostrarme unas fotos tomadas durante su última travesía por el Mediterráneo. Mientras yo las miraba, noté que Martín Vigil comenzaba –muy levemente al principio, algo más determinado después– a acariciarme mi oreja izquierda: el lóbulo, concretamente. Miré mi reloj. Doce menos diez. “Uy, qué tarde se ha hecho… He quedado con mis padres a las doce y media en Callao.” “¿Volveremos a vernos?”, preguntó él. “Sí, claro: en cuanto vuelva por Madrid”, mentí. Su cara, había tomado un leve color rojizo. Ahora fue él quien me acompañó hasta la puerta, atravesando un largo pasillo decorado con finos cuadros ecuestres. No le di la mano al despedirme y, al abrir, ya en casa, el libro dedicado, decidí comenzar a leer El Quijote por primera vez en mi vida.

16 Comments:

Blogger Melò Cucurbitaciet said...

¡¡Jodorípates!! ¡Don Protac sale del armario!

(Bueno, del sinfonier)

11:14 p. m.  
Anonymous despacio said...

¡Genial!

Enviado a un un colegio del opus ha prepararme correctamente para entrar a la universidad.
El tutor, conociendo mi afición a leer escritores del momento, me citó para una reunión literaria y me metió, con un libro evangélico, en unos ejercicios espirituales con aproximación erótica posterior similar.
Salí y no precisamente a por el Quijote.
Recapitulé. Llamé y le di una cita. No acudí.
A la semana llamó preguntando.
-Nada, aprendo a mentir bien.

11:43 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

Pro, el tipo Martín Vigil fue un pederasta conocido (metió mano y tal vez algo más a un montón de chicos de casas bien). Probablemente la discrección habitual de esas familias le salvó del escándalo pero sé de alguno que lo pasó mal. Estuvo usted en un trance peligroso. Alégrese de haber tenido vista y reflejos-
Un abrazo y Feliz Navidad.
El Crítico Constante

11:44 p. m.  
Anonymous verse said...

unos mas exageraos, otros menos, pero todos somos unos pedazo mariconazos de mucho cuidao. Un abrazo don Dontral Plus y feliz año nuevo a toda su familia.

Esto pa las niñas...

http://www.elfyourself.com/?userid=33e8a3432e685a99466f2a2G06122608

10:08 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

Si es que algunos van provocando, con sus pantaloncitos cortos ...

8:29 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

Joder, que bajón. Yo también me ocupé de leer alguno de Martin Vigil... ah, no, del que hablaban en casa era de Martin Descalzo. Uff, menos mal.

Edgardo de Gloucester.

10:07 p. m.  
Anonymous lacónico said...

Se salvó por un pelo del tallo verde...enhorabuena. Si es que no se puede ser niño en este mundo ni tener ídolos de carne y hueso...por eso yo sigo creyendo en los Reyes Magos...esos si que no fallan.
Feliz año, D. Prota.

1:18 p. m.  
Blogger Melò Cucurbitaciet said...

Es de notar que el resto de la historia resulta previsible: después del Quijote, el tremendo trauma sufrido seguía ahí.

No se me escapa, querido amigo, que escogió entonces la lectura de autores ya sepultos, dispuesto a prestar su oreja a los muertos. Observo que pese a su fervor por la literatura, además escogió ciencias y se dio al vino, con pasión infinita.

Ahora vive rodeado de bellas mujeres, y algún perro.

Y aun, en las noches oscuras de este frío invierno, le asalta el tenebroso recuerdo que nos transcribe.

Tenga conmingo una confidencia don Protactínio ¿a que usted es capaz de mover la oreja izquierda, el lóbulo, o zarcillo como dijo el poeta, concretamente?

11:00 p. m.  
Anonymous Funes said...

Decían los curas de mi colegio, y en eso coincido con ellos, que "es mejor dar que recibir"

Protactínio, sepa usted que yo no me he quedado en lo accidental (el sórdido encuentro con Martín Vigil) y ha captado el meollo de la cuestión, que no es otro que la pelota verde que regalaban con los zapatos Gorila, que viene a ser como las magdalenas de Proust.

Feliz Año nuevo a usted y a todas sus mujeres

10:28 a. m.  
Blogger el richal said...

Feliz año nuevo a toda su famila, don Vuelapluma, je, je...
Y ponga la calefaccion, por Dios!!!

12:05 p. m.  
Blogger El Blues de la Estufa Divina said...

Me he quedado patidifuso, anonadado y boquiabierto. En casa, mi padre (un hombre de fe inquebrantable, de esos cristianos de verdad cuyo catolicismo se basa en una obediencia ciega a Roma, cosa que nunca he entendido), mi padre, digo, nos formó con las novelas de Martín Vigil y con los libros de José María Gironella.

Leí todo lo que llegó a México de ambos españoles. Luego, en mi juventud, los desprecié a ambos por su tufo franquista. Sin embargo, debo admitir que los leí con entusiasmo.

Dejando (por ahora) el tema de la pederastia, de la que estuviste a punto de ser una víctima más, ¿podrías ayudarme a saber si estoy equivocado? ¿Martín Vigil era un franquista o qué? ¿Así debo recordarlo...? Lo mismo te pregunto de Gironella.

Un abrazo desde México.

8:28 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

Conozco a Martin Vigil desde hace muuchos años; tengo fe ciega en su amistad.
Y si te acarició el lóbulo izquierdo ¿ no sería que se lo pusiste muy cerca?.
Vaya gente ( me refiero a tí) que corre por el mundo...

1:26 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

¡Qué corte de debiste llevar!

A mí hubo una época en que me encantaban sus libros. Creo que voy a sacarme alguno de la biblioteca para ver qué tenían. Dostoyevski lo leí en la misma época y me sigue gustando muchísimo.
De todas formas, los curas pobrecitos ¡menuda empanada les metieron con respecto a la sexualidad!

Saludos,
Ainoa

4:01 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

MARTIN VIGIL SERIA AHORA JUZGADO POR PEDERASTA. ¡ POBRE MIERDA ! ¡ QUÉ ASCO !

5:54 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

ja, ja, tu historia me ha recordado la mía propia hace muchos años. Me pasó más o menos como a tí, solo que a mi lo que me acarició, después de visitarle en su casa de Velazquez, fué otra cosa más abajo. Yo tenía unos catorce años. Pobre personaje, facha, cura, maricón de niños...
Sus libros me encantaron, los leí casi todos, pero después de que jugueteara con mi pene le cogí cierto asco y no volví a verlo.
Y sí, efectivamente, usaba sus obras como trampa para atraer a sus "victimas". Para haberle encerrado...

12:11 p. m.  
Anonymous gaspar67 said...

yo creo tb que martin vigil fue homosexual con un fuerte tractivo por los joves, muchos incluso se hicieron amigos de el, otros rechazaron su contacto al percatarse de ello, pero yo me pregunto ahora, ¿y cuantos de estos se sintieron molestos por haberse sentido rechazados sentimentalmente por él? Mi consejo, chicos, es que ante de hablar, debe pensarse un poco lo que la gente va a sospechar de nuestra exposición...

8:13 p. m.  

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